Enero está avanzando, si seguiste el inicio de los post en el blog como en redes, verás que este mes lo estamos dedicando a hablar de los propósitos. Para quienes cogieron el 1 de enero como el inicio de una nueva era, pueden empezar a sentir distancia entre los propósitos de año nuevo que escribieron con intención y lo que está ocurriendo en realidad. A estas alturas, no es raro que empiecen la duda, la culpa o la sensación de estar fallando incluso antes de haber empezado. Cuando pensamos en los propósitos, solemos centrarnos en si los estamos cumpliendo o no, en qué nos falta o en por qué volvemos a repetir lo mismo. Sin embargo, existe otra posibilidad menos habitual y quizá más honesta: volver a leer esos propósitos sin evaluarlos, sin corregirlos y sin empujarlos, simplemente para escucharlos.
Si no te leíste el primer artículo «¿Por qué cuesta tanto cumplir propósitos de año nuevo?», te invito a leerlo y hacer el ejercicio descargable antes de continuar.
¿Cuál es el origen de un propósito?
Aunque solemos pensar que los propósitos de año nuevo hablan del futuro, en realidad dicen mucho más del presente desde el que fueron escritos. Cada propósito nace en un momento vital concreto, en un cuerpo concreto y en una historia concreta. No surge de la nada ni es una idea aislada; es una respuesta. Detrás de un “quiero organizarme mejor” suele haber cansancio o una sensación de desbordamiento sostenida en el tiempo. Detrás de un “quiero cuidarme más” suele aparecer una etapa larga de descuido o de haberse puesto siempre en último lugar. Incluso un “este año quiero cambiar” suele esconder una necesidad profunda de alivio, de movimiento o de sentido.
Antes de preguntarnos si un propósito es realista o alcanzable, quizá convenga preguntarnos desde qué lugar fue escrito. Vuelve a leer tu propósito, todos sus beneficios y consecuencias, lo que piensa tu parte más motivada y la que muestra resistencia. Reconócete en este presente con cariño.
Mirar los propósitos de año nuevo sin juicio
Con frecuencia, el malestar no aparece por el propósito en sí, sino por la forma en que lo miramos cuando pasan las semanas. Muchas personas releen sus propósitos de año nuevo desde el juicio: si los están cumpliendo, si van tarde, si deberían esforzarse más o si han vuelto a fallar. Desde ahí, el propósito deja de ser una orientación y se convierte en una vara de medir. Ya no acompaña, sino que presiona. Y cuando eso ocurre, no es extraño que aparezcan el abandono, la culpa o el desánimo.
Cambiar la relación con el propósito puede ser más transformador que cambiar el propósito. De hecho, como ya mencionamos anteriormente, el objetivo no es cambiarlo, sino acercarlo más a ti, a tu momento. Mirarlo y mirarte puede ayudarte a comprender mejor y reducir objetivos lejanos y extravagantes a objetivos más cercanos y accesibles, personalizados para tu momento vital y tu historia.
Anteriormente te he pedido que leyeras tu propósito de nuevo, esta vez, te voy a pedir que lo vuelvas a mirar pero con una mirada distinta: como si lo hubiera escrito alguien a quien queremos. No se trata de hacer un ejercicio complejo ni de forzar una actitud positiva, sino simplemente de desplazar el punto de vista. Al leer desde ahí, empiezan a surgir preguntas diferentes. ¿En qué momento vital estaba esta persona cuando escribió esto? ¿Qué estaba intentando sostener? ¿Qué necesitaba? Muchas veces descubrimos que aquello que nos exigimos no era ambición, sino necesidad.
Detrás de los propósitos hay necesidades, no fallos
Todo propósito responde a algo previo, aunque no siempre sepamos nombrarlo. Puede ser una necesidad de descanso, de orden, de seguridad, de conexión o de cambio. Cuando perdemos de vista esa necesidad y nos quedamos solo con el resultado, el propósito pierde sentido y se vuelve frágil. Reconectar con lo que había detrás no implica cumplirlo de inmediato, sino reconocerlo y darle un lugar. A veces, ese simple reconocimiento ya produce un pequeño movimiento interno.
Viktor Frankl

También resulta importante atender al tono con el que están formulados los propósitos de año nuevo. Algunos suenan a órdenes internas cargadas de “tengo que” y “debería”, mientras que otros se parecen más a una petición honesta. Ese tono no es casual: refleja la forma en que nos hablamos y nos tratamos. Viktor Frankl, desde la logoterapia, hablaba de la capacidad de elección como un rasgo profundamente humano: incluso cuando no podemos cambiar las circunstancias, seguimos siendo libres para elegir nuestra actitud y nuestra respuesta. Cuando un propósito nace desde la obligación, deja de ser una elección y se convierte en una imposición. En muchos casos, el malestar no aparece por no cumplir el propósito, sino por la dureza con la que nos lo exigimos y por haber perdido la sensación de estar eligiendo, y no obedeciendo, nuestro propio camino.
Cuando un propósito suena a obligación interna, suele perder la libertad. Si lo releemos como una elección, no como una orden, algo cambia. Ya no es “tengo que cambiar”, sino “esto es lo que ahora necesito”. Por eso, anteriormente, decíamos que no se trata de cumplir a toda costa o cambiar los propósitos; se trata de volver a elegirlos conscientemente desde el momento vital en el que estamos.
Una de las preguntas más reveladoras al releer un propósito es qué nos diríamos si no llegamos a cumplirlo. Cuando imaginamos esa situación aplicada a alguien a quien queremos, solemos responder con comprensión, paciencia y cuidado. Sin embargo, cuando se trata de nosotros, el discurso suele ser mucho más severo. Este contraste muestra con claridad que, a menudo, no fallamos a los propósitos, sino que repetimos con ellos la misma exigencia que aplicamos a otras áreas de nuestra vida.
Cuando el cambio no es grande, pero sí real
Para muchas personas, esta forma de releer los propósitos de año nuevo ya supone un primer cambio. No porque de repente todo resulte más fácil, sino porque la mirada se vuelve menos punitiva y más honesta. A veces, cuando baja el volumen de la exigencia, empiezan a aparecer otras cosas: gestos pequeños, intentos discretos, decisiones que no estaban en la lista pero que sí estaban alineadas con lo que se necesitaba en ese momento.
Quizá por eso merece la pena preguntarse si todos los propósitos importantes tienen que formularse como grandes objetivos. Tal vez algunos no se escriben como metas, sino que se manifiestan en lo cotidiano: en un límite puesto a tiempo, en un descanso sin justificación, en una renuncia, en un “hoy no puedo” dicho con menos culpa. En la próxima semana profundizaré precisamente en esta idea: los propósitos pequeños, vivos y posibles, esos que no siempre reconocemos como cambios, pero que ya están haciendo algo en nosotros.
Y si al releer tus propósitos notas que te cuesta salir del juicio, de la exigencia o de una mirada demasiado dura hacia ti, no significa que estés haciendo algo mal. A veces necesitamos ayuda para aprender a mirarnos desde otro lugar. Si sientes que te vendría bien acompañamiento para cambiar esa relación contigo y con tus procesos de cambio, puedo ayudarte a hacerlo de forma respetuosa y ajustada a tu momento vital.
Descarga aquí el ejercicio en pdf que te ayude a continuar con tu reflexión.

