El apego es un concepto que muchas personas reconocen hoy en día por la psicología, aunque no siempre se entiende del todo. Cuando hablamos de apego, a muchas personas se les activan ideas como necesidad excesiva, miedo a estar solo o dependencia emocional ya que lo relacionan con «pegarse demasiado»; mientras que otras se preguntan justo lo contrario: si es posible no generar apego en absoluto, no necesitar a nadie o vincularse sin implicarse emocionalmente.
No es raro que surjan estas dudas. Durante mucho tiempo el apego se ha entendido de forma simplificada y, a veces, incluso patologizante. No descartaría que alguien se haya preguntado: «¿Según qué apego será seguro o inseguro, no?». Sin embargo, el apego no es una debilidad ni un problema en sí mismo. Es una necesidad relacional básica que nos acompaña a lo largo de toda la vida y hoy, en este artículo, hablaremos de su significado.
¿Qué es el apego?

El concepto de apego fue desarrollado por el psiquiatra y psicoanalista John Bowlby, quien observó que los seres humanos necesitamos establecer vínculos emocionales significativos para sentirnos seguros y poder desarrollarnos.
De forma sencilla, el apego es el vínculo emocional que nos permite sentirnos seguros en relación con otras personas. Es esa sensación interna de que hay alguien disponible, fiable y suficientemente cercano como para poder apoyarnos si lo necesitamos.
Cuando el apego funciona de forma sana, actúa como una base segura: nos permite acercarnos a los demás, explorar el mundo y también retirarnos cuando necesitamos espacio. No nos inmoviliza: nos sostiene.
Diferentes maneras de vincularnos: apego sano, dependencia y evitación
Apego sano, dependencia emocional y evitación emocional describen formas muy distintas de vivir el vínculo. Cada estilo refleja una manera particular de interactuar con los demás y de regular nuestras emociones en relación con la cercanía y la intimidad. Comprender estas diferencias nos permite reconocer nuestros propios patrones, identificar cuándo reaccionamos desde la seguridad o desde la defensa, y nos da un marco más amplio para pensar en cómo cultivar vínculos que realmente nos nutran, en lugar de limitarnos o generarnos malestar.
Apego sano
Cuando hablamos de apego sano, nos referimos a una manera de relacionarnos en la que la cercanía emocional y la autonomía pueden convivir. La persona se siente cómoda pidiendo apoyo cuando lo necesita, pero también puede tolerar la distancia sin vivirla como una amenaza. El vínculo se experimenta como un lugar al que volver, no como algo que atrapa o absorbe.
Dependencia emocional
La dependencia emocional, en cambio, aparece cuando la relación se sostiene principalmente desde el miedo a perder al otro. La cercanía deja de ser una elección y pasa a vivirse como una necesidad urgente. En estos casos suele haber una gran dificultad para sostener la separación, una sensación de inseguridad constante y la vivencia de que el propio bienestar depende casi por completo de la otra persona. Más que base segura, el vínculo se convierte en un lugar de angustia.
Evitación emocional
Por último, en la evitación emocional ocurre algo aparentemente opuesto, pero con un trasfondo similar de inseguridad. Aquí la persona aprende a minimizar sus necesidades relacionales, prioriza la autosuficiencia y tiende a tomar distancia emocional cuando el vínculo se vuelve íntimo. No suele tratarse de una falta de deseo de conexión, sino de una forma de protección aprendida cuando acercarse implicó dolor, invasión o pérdida de control.
Distinguir estas experiencias es importante porque no todas hablan de lo mismo, aunque todas tengan que ver, como mencionaba, con la manera en que aprendimos a vincularnos.
El apego no es infantil: es humano
Una de las ideas más extendidas es que el apego pertenece a la infancia. Aunque la teoría más conocida a nivel popular es la de Mary Ainsworth, que estudió patrones de apego en niños, lo importante ahora es comprender que el apego no se limita a la infancia, y crecer no implica dejar de necesitar a los demás.
La realidad es otra: en la infancia, el apego nos permite sobrevivir y, en la adultez, nos permite vivir con mayor seguridad emocional.
Y es que, seguimos necesitando sentirnos vistos, tenidos en cuenta y emocionalmente acompañados. No para depender, sino para regularnos mejor y vincularnos desde un lugar más libre. En sesión de psicoterapia aprendemos que si observamos a nuestro niño interior y las relaciones internas que tenemos con nosotros mismos —la forma en que nos cuidamos, escuchamos y nos damos seguridad— éstas influyen en la manera en que nos vinculamos con los demás. Reconocer estas dinámicas nos ayuda a responder a nuestras necesidades con más compasión y a construir vínculos más seguros.
El apego en la terapia con personas adultas
En la terapia con personas adultas, el apego no suele aparecer con ese nombre. Aparece en frases como:
“Me cuesta pedir ayuda”
“Cuando alguien se acerca, me tenso”
“Si no me responden, me desbordo”
“Me da miedo necesitar demasiado”
Trabajar el apego en la adultez no consiste en cambiar quién eres, sino en comprender cómo aprendiste a vincularte y qué necesitas hoy para sentirte más seguro en relación con los demás. Muchas veces, poner palabras a estas experiencias ya es un primer gesto de cuidado.
Si al leer esto te has sentido reflejada o reflejado, puede que no sea casualidad. A veces el malestar relacional no se resuelve esforzándose más, sino pidiendo ayuda. La terapia puede ser un espacio para mirarte con más comprensión, aprender a relacionarte desde un lugar menos defensivo y construir vínculos más seguros, empezando por la relación contigo.
El apego no es el problema. Muchas veces, es la clave para entenderlo y el punto de partida para cuidarte mejor.

