En los últimos años se habla mucho del estilo de apego. A veces tanto, que parece que tenemos que elegir uno y quedarnos ahí para siempre. Pero el apego no es un diagnóstico ni una etiqueta cerrada, sino una forma de comprender tendencias relacionales que se han ido construyendo a lo largo de nuestra historia.
Hablar de apego no va de encasillarnos, sino de entender cómo nos vinculamos, qué nos tranquiliza, qué nos activa y qué solemos necesitar cuando estamos en relación con otras personas.
El estilo de apego como tendencia, no como cadenas
El estilo de apego describe patrones habituales, no esencias.
Cuando hablamos de patrones habituales nos referimos a formas de reaccionar, sentir y vincularnos que aparecen con cierta frecuencia, especialmente en momentos de cercanía emocional, conflicto o inseguridad. Son respuestas que se han ido aprendiendo a lo largo de nuestra historia relacional y que tienden a activarse de manera bastante automática, pero no son fijas ni inamovibles.
Hablar de esencias, en cambio, implicaría pensar que “somos así” de manera permanente, como si nuestra forma de vincularnos definiera quiénes somos en lo profundo y no pudiera cambiar. Y el apego no funciona de esa manera. No es una identidad ni un rasgo de personalidad cerrado, sino una organización relacional que se adapta al contexto, a la persona que tenemos delante y al momento vital en el que nos encontramos.
Por eso, una misma persona puede reconocerse en distintos estilos de apego según el:
- Momento vital.
- Tipo de relación (pareja, amistades, familia).
- Nivel de seguridad que siente en ese vínculo concreto.
Además, el apego es dinámico y relacional: cambia cuando cambian las relaciones y cuando hacemos procesos de autoconocimiento, regulación emocional y cuidado.
Mary Ainsworth (1913-1999)

Esta forma de entender el estilo de apego tiene su origen en los trabajos de Mary Ainsworth, psicóloga que estudió el apego a través de la observación directa de niños y sus figuras cuidadoras. Ainsworth amplió la teoría del apego mostrando que no existe una única manera de vincularse, sino distintas formas de buscar seguridad en relación con los demás. Aunque sus investigaciones se centraron en la infancia, a lo largo de este artículo la mencionaremos como referencia teórica recordando (como en el artículo anterior «Apego: La base segura de nuestras relaciones.») que el apego no se limita a la infancia, sino que sigue operando y reorganizándose también en la vida adulta y en nuestras relaciones actuales.
Para observar cómo estos patrones se expresan en la vida cotidiana, vamos a fijarnos en tres ámbitos especialmente sensibles del vínculo: los conflictos, la necesidad de cercanía y el miedo al abandono o a la invasión. Escogemos estos tres porque suelen ser los momentos en los que el sistema de apego se activa con más intensidad: cuando algo se rompe o tensiona, cuando necesitamos al otro, o cuando tememos perderlo o sentirnos invadidos. Es ahí donde nuestras tendencias vinculares se hacen más visibles, no para juzgarlas, sino para comprenderlas.
Apego seguro
Las personas con tendencia al estilo de apego seguro suelen sentirse relativamente cómodas tanto con la cercanía emocional como con la autonomía.
Desde los trabajos de Mary Ainsworth, el apego seguro se observó en niños que podían utilizar a su figura de apego como base segura: buscaban proximidad cuando la necesitaban, se consolaban con relativa facilidad y, una vez calmados, retomaban la exploración del entorno. Trasladado a la vida adulta, esto se relaciona con una mayor confianza en el vínculo y en la disponibilidad del otro.
- En los conflictos: Suelen poder afrontar los desacuerdos de forma más directa, con mayor capacidad para escuchar, expresarse y buscar reparación.
- En la necesidad de cercanía: Pueden pedir apoyo y ofrecerlo sin sentir que pierden su independencia.
- En el miedo al abandono o a la invasión: Estos miedos pueden aparecer, pero no suelen dominar la relación.
El apego seguro no significa ausencia de dificultad, sino mayor capacidad de regulación emocional y reparación vincular.
Apego ansioso
El apego ansioso suele estar marcado por una alta sensibilidad al vínculo y a las señales de distancia.
En las observaciones de Ainsworth, este patrón aparecía en niños que mostraban una intensa angustia ante la separación y una dificultad para calmarse incluso tras el reencuentro. En la vida adulta, esta tendencia puede expresarse como una fuerte necesidad de confirmación emocional y una hipersensibilidad a los cambios en la cercanía relacional.
- En los conflictos: Puede aparecer una activación emocional intensa, urgencia por resolver y temor a que el conflicto signifique rechazo o ruptura.
- En la necesidad de cercanía: La cercanía es muy importante y, a veces, se vive con intensidad o con sensación de urgencia.
- En el miedo al abandono: Es frecuente el temor a no ser suficiente o a que el otro se aleje.
No se trata de dependencia, sino de una búsqueda profunda de seguridad relacional.
Apego evitativo
En el apego evitativo suele haber una gran valoración de la autosuficiencia y del espacio personal.
Mary Ainsworth describió este patrón en niños que aparentaban poca reacción ante la separación y evitaban el contacto en el reencuentro, no porque no necesitaran el vínculo, sino porque habían aprendido a minimizar la expresión de esa necesidad. En la edad adulta, esto puede traducirse en una tendencia a priorizar la autonomía y a inhibir la expresión emocional en las relaciones.
- En los conflictos: Puede aparecer tendencia a retirarse, minimizar lo ocurrido o evitar conversaciones emocionales intensas.
- En la necesidad de cercanía: La intimidad puede vivirse como algo que invade o desborda si aparece de forma muy intensa.
- En el miedo a la invasión: Existe temor a perder el espacio propio o a sentirse atrapado en la relación.
No es frialdad, sino una estrategia aprendida para protegerse.
Apego desorganizado
El apego desorganizado combina movimientos contradictorios: deseo de cercanía y, al mismo tiempo, miedo a ella.
Este patrón fue identificado posteriormente a los primeros trabajos de Ainsworth y se observó en niños que mostraban conductas confusas o contradictorias frente a la figura de apego, especialmente en contextos donde esta era vivida como impredecible o amenazante. En la vida adulta, puede manifestarse como una intensa ambivalencia relacional y dificultad para encontrar seguridad en el vínculo.
- En los conflictos: Puede haber confusión interna, reacciones intensas o sensación de bloqueo.
- En la necesidad de cercanía: Se busca el vínculo, pero cuando este se acerca pueden activarse miedo, desconfianza o ambivalencia.
- En el miedo al abandono y a la invasión: Ambos miedos conviven, generando una gran tensión interna.
Suele estar relacionado con experiencias tempranas donde el vínculo fue fuente de seguridad y de amenaza a la vez.
Te ofrezco mi mirada sobre el estilo de apego
Tu estilo de apego no te define ni te condena. No es algo fijo ni algo que “eres”, sino algo que te pasa en relación. Son formas aprendidas de buscar seguridad, de protegerte y de vincularte, que tuvieron sentido en algún momento de tu historia.
Comprender tu tendencia de apego no es para juzgarte ni para corregirte, sino para escucharte con más amabilidad. Cuando ponemos conciencia en cómo reaccionamos en los conflictos, en cuánto necesitamos la cercanía o en qué miedos se activan en las relaciones, se abre la posibilidad de elegir respuestas más ajustadas a lo que hoy necesitamos.
El apego puede transformarse. Se flexibiliza cuando vivimos vínculos suficientemente seguros, cuando aprendemos a regularnos emocionalmente y cuando encontramos espacios donde nuestras necesidades pueden ser nombradas y sostenidas. El trabajo terapéutico no busca cambiar quién eres, sino ayudarte a sentirte más libre y más en casa dentro de tus relaciones.
Si al leer este artículo te has reconocido en alguno de estos patrones y sientes que te generan malestar, bloqueo o sufrimiento, o si simplemente deseas conocerte mejor y profundizar en tu forma de vincularte, pedir ayuda puede ser un paso valioso. Acompañar el apego en un espacio terapéutico permite comprender su origen, suavizar sus extremos y construir nuevas formas de relación más seguras.
Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo para iniciar un proceso de acompañamiento o resolver cualquier duda.

