Durante semanas hemos hablado de los propósitos de año nuevo, de la distancia que a veces aparece entre lo que escribimos con ilusión y lo que luego sucede en la vida real. También hemos puesto el foco en la importancia de releer esos propósitos sin juicio, entendiendo el momento vital desde el que nacieron. Hoy quiero detenerme en una idea que suele pasar desapercibida, pero que resulta profundamente transformadora: no todos los cambios importantes llegan en forma de grandes propósitos. Algunos llegan de manera pequeña, silenciosa y casi invisible, pero ya están haciendo algo en nosotros. Esos son los propósitos vivos.

Vivimos en una cultura que valora el cambio cuando es visible, medible y rápido. Por eso, tendemos a pensar que un propósito solo cuenta si se puede tachar de una lista, si implica un antes y un después claro o si puede mostrarse hacia fuera. Sin embargo, muchos de los movimientos más significativos no cumplen estas condiciones. No hacen ruido. No siempre se formulan como metas. Y, aun así, sostienen procesos profundos de ajuste, cuidado y coherencia interna.

Cuando el cambio no se formula como objetivo

Hay propósitos que no se escriben como tales. No aparecen en la lista de enero ni se nombran explícitamente, pero se manifiestan en decisiones cotidianas: poner un límite que antes no se ponía, descansar sin justificarse, pedir ayuda, renunciar a algo que ya no encaja o tolerar no llegar a todo. Estos gestos rara vez se reconocen como cambios, y sin embargo suelen ser señales claras de que algo se está recolocando por dentro.

A veces, el problema no es que no estemos cambiando, sino que estamos mirando el cambio con una lente demasiado estrecha. Si solo consideramos válidos los propósitos grandes, exigentes o espectaculares, dejamos fuera una parte importante de la experiencia humana: la de los ajustes pequeños que hacen la vida un poco más habitable. Desde el Análisis Transaccional, esta mirada suele estar muy influida por impulsores internos como «esfuérzate» o «sé perfecto», que empujan a valorar únicamente aquello que implica un sobreesfuerzo constante o un ideal inalcanzable. Bajo estos mandatos, lo pequeño queda descalificado, cuando en realidad es ahí donde muchas veces se producen los cambios más ajustados y sostenibles.

Propósitos vivos: los que se adaptan al momento

Llamo propósitos vivos a aquellos que no se fijan de una vez para siempre, sino que se van modulando en función del momento vital. No parten de una idea ideal de cómo deberíamos ser, sino de una escucha más atenta de cómo estamos ahora. Por eso, pueden cambiar de forma, de ritmo o incluso de contenido sin que eso signifique fracaso.

Un propósito vivo no empuja, acompaña. No exige resultados inmediatos, sino presencia. Y suele estar más conectado con necesidades actuales que con expectativas futuras. En este sentido, no siempre se reconoce como propósito, porque no responde al formato clásico de meta clara y cuantificable. Pero precisamente ahí reside su valor.

Por ejemplo, una persona puede haber escrito a comienzos de año el propósito de «organizarse mejor». Al releerlo semanas después, puede darse cuenta de que no estaba pidiendo más productividad ni un control exhaustivo del tiempo, sino algo mucho más básico: reducir la sensación constante de desbordamiento. En ese caso, el propósito vivo quizá no se traduzca en agendas más estrictas o listas interminables, sino en permitirse no llegar a todo, en priorizar menos tareas al día o en dejar espacios sin planificar. El cambio no desaparece: se vuelve más ajustado, más real y más habitable para el momento vital en el que se encuentra.

Lo pequeño no es sinónimo de irrelevante

Existe una confusión habitual entre lo pequeño y lo insignificante. Como si solo mereciera atención aquello que supone un gran esfuerzo o un cambio drástico. Sin embargo, en muchos procesos terapéuticos observamos que los cambios más sostenidos comienzan con movimientos muy modestos: un gesto distinto, una pausa, una decisión mínima tomada a tiempo.

Estos propósitos pequeños suelen ser más posibles porque respetan el contexto real de la persona: su energía disponible, sus límites actuales y su historia. No nacen del ideal, sino del cuerpo y de la experiencia. Desde una mirada gestáltica, este tipo de cambios se sostienen en el darse cuenta: en la capacidad de percibir lo que está ocurriendo aquí y ahora, sin adelantarse ni juzgar. Cuando apreciamos el presente tal como es —lo que ya está, lo que ya se mueve—, lo pequeño deja de ser irrelevante y se convierte en una información valiosa sobre nuestras necesidades reales. Y, precisamente por eso, estos movimientos tienen más capacidad de mantenerse en el tiempo.

Reconocer lo que ya está ocurriendo

Una de las preguntas más útiles en este punto no es «¿qué debería cambiar?», sino «¿qué ya está cambiando, aunque no lo esté reconociendo?». Muchas personas descubren que, mientras se reprochan no cumplir sus propósitos de año nuevo, ya están haciendo movimientos coherentes con lo que necesitan: protegiéndose más, reduciendo exigencias, eligiendo con más cuidado dónde poner su energía.

Reconocer estos cambios no implica conformismo ni renuncia. Implica honestidad. Y, a menudo, ese reconocimiento tiene un efecto regulador importante: reduce la sensación de fracaso y permite que el proceso continúe sin tanta presión. Podría compararse con ajustar la vista cuando caminamos por un sendero: si solo buscamos el destino final, podemos pasar por alto que ya estamos avanzando. Detenernos un momento, mirar alrededor y reconocer el tramo recorrido no nos saca del camino; nos ayuda a orientarnos mejor y a seguir caminando con más presencia.

Elegir de nuevo, una y otra vez

Desde una perspectiva humanista, el cambio no se concibe como un acto puntual, sino como un proceso continuo de elección. Como mencionamos en el anterior artículo: «Propósitos desde otra mirada», Viktor Frankl hablaba de la capacidad humana de elegir la actitud y la respuesta incluso en contextos difíciles. En este sentido, los propósitos pequeños, vivos y posibles tienen mucho que ver con volver a elegir, una y otra vez, desde el lugar real en el que estamos.

No siempre podemos sostener grandes compromisos con nosotros mismos. Pero casi siempre podemos elegir un gesto, una actitud o una forma distinta de tratarnos. Y esa elección, aunque parezca mínima, ya es un movimiento.

Cuando el cambio ya está en marcha

Tal vez este año no esté trayendo grandes transformaciones visibles. Pero puede que esté trayendo algo igual de valioso: una relación menos punitiva contigo, una escucha más fina de tus límites, una forma más ajustada de acompañarte. Si es así, no lo pases por alto.

Los propósitos pequeños, vivos y posibles no suelen anunciarse a lo grande. Pero sostienen procesos reales. Y, muchas veces, son la base sobre la que, más adelante, pueden construirse cambios mayores.

Si al leer esto te das cuenta de que te cuesta reconocer estos movimientos o que sigues midiendo tu proceso solo desde la exigencia, no significa que estés haciendo algo mal. A veces necesitamos ayuda para ampliar la mirada y aprender a validar otras formas de cambio. Si sientes que te vendría bien acompañamiento para hacerlo, puedo ayudarte a explorar estos procesos de manera respetuosa y ajustada a tu momento vital.

Por último, te dejo con esta canción del grupo The Beatles «Here comes the Sun» aprovechando que los días empiezan a alargarse y que los pequeños movimientos muchas veces están en apreciar el presente.

Descarga aquí el último ejercicio de Enero relacionado con los propósitos. Si no has hecho los anteriores te recomiendo hacerlos primero. 
Compartir:

Escribe un comentario

Pedir cita